Ha sido una travesía muy fría, no por culpa del mar Mediterráneo sino por el invierno que aún no se ha ido. El cielo ha estado encapotado la mayor parte del tiempo y sólo durante espacios muy cortos hemos podido ver las estrellas. Eso sí el viento siempre nos ha acompañado y nos ha permitido jugar con las velas siempre rumbo hacia ese horizonte de luz africana, un matiz desconocido en estos lares. No hemos avistado delfines, ni emperadores y aún menos cormoranes. El tiempo pasaba despacio, a veces demasiado despacio, permitiendo que los sueños se solapasen con la mirada: ese azul desconocido y sólo posible en alta mar. El chasquido de las olas contra la proa salpicando sal han sido la mejor distracción. Y los sueños. La mar estimula los sueños y sobre todo te recuerda lo pequeño que eres, lo insignificante del hecho que supone tu paso por este lugar por cualquier lugar del planeta, incluso para hombres como Alejandro Magno. La lluvia, nunca bienvenida cuando se navega, nos ha acompañado durante buena parte del viaje. Y la noche por momentos se iluminaba por la fuerza de un cielo eléctrico que recordaba al mismísimo infierno. Y sin embargo la sensación de que estás vivo ha sido más poderosa que la propia naturaleza. De nuevo avistamos tierra. Y nuestras miradas se clavan allí, donde los tuyos te esperan. El hogar cálido: ese lugar sagrado que habita en nuestra memoria como el deseo y el amor y la música. Una tierra que por yerma sienta a los ojos como el algodón a las heridas. Y ya te echo de menos mar bravío. Volveré a surcar tus aguas.