El verano, ese espacio de mantel de cuadros, de tardes larguísimas, de lunas que no terminan de esconderse, de estrellas fugaces, de amores insospechados que aparecen de repente y de repente se van; es el tiempo donde más recuerdos acumulamos. La rutina es como un lapso del pasado. Y sin embargo es también un martillo que golpea nuestra memoria, que rigió nuestras vidas y antes que después volverá a instalarse como el desayuno y la merienda y el fútbol y los noticiarios y las mentiras del Gobierno. ¿es un destino fatal? A veces creo que es puro determinismo. Todo está sometido a cambios, cambios continuos, como el río de Heráclito, pero no los percibimos por su insignificante apariencia, tan inocuos e irrelevantes, incapaces de alterar eso tan sagrado: la rutina. El agua corre rauda por el cauce del río, pero el río de ayer ya no es el mismo de hoy. Como no lo es nuestro rostro, nuestras piernas, nuestro corazón, que late y ama. Y aún menos esa perspectiva con la que acostumbramos a mirar a la vida. El reloj de arena cada vez tiene más arena debajo y menos arriba. He visto pasar el tiempo. He visto morirse a algunos de mis amigos. He amado y he llorado. He visto lugares que el hombre ha devastado con ignorancia brutal. He sido testigo de cambios insignificantes que en sí mismos no supusieron nada pero la suma de todos ellos han supuesto un gran cambio. Y el río nunca es el mismo. Y doy gracias a la vida por permitirme constatarlo. Y sin embargo el Hombre sí. El Hombre sí es el mismo. El mismo hijo de puta a quien la codicia cegó hace dos mil años y aún no ha recuperado la razón. El mismo que desde el lado de los que lo tienen todo, quieren tener aún más y condenar al resto a una existencia miserable. El único animal que asesina a su hembra (8 mujeres han sido asesinadas este mes de agosto), no se da otro caso igual en la Naturaleza. El Hombre que aniquila a su semejante, por dinero, por celos, por miedo, por un dios que sólo está en su cabeza. El hombre acostumbrado a destruir todo aquello que encuentra a su paso. El Hombre manejable, sin criterio, borrego ya sea carnero o cordero. El hombre que va a la guerra, a la misma guerra de siempre, a la que nunca van quienes la han organizado. Todo cambia excepto el Hombre. ¿Sera cierto que somos la medida de todas las cosas?