Cuando uno está lejos de su casa echa de menos a los suyos. Es duro pero a la vez supone un resorte al que agarrarse, un motivo para levantarse cada mañana. Si desde el día que venimos al mundo cada día morimos un poquito cierto es que cuando estamos lejos cada día nos acercamos a los nuestros, a casa, al sagrado hogar. Ese lugar inconfundible donde cada cosa está en su sitio, ese aroma que nos envuelve durante el sueño, ese latido ajeno que a la vez es nuestro: el niño en su habitación, ella en su tocador, la radio al fondo. La librería y su ordenado desorden guardando el mundo entero porque entre sus anaqueles se esconden poesías, cuentos, novelas, historias, recuerdos, fotos, hojas secas caídas de aquel árbol en el que ambos nos apoyamos y después de respirar y contemplarnos mutuamente hicimos el amor de la manera furtiva que tanto nos gustaba cuando éramos jóvenes. En tan poco espacio se esconde el mundo entero, nuestro mundo. Siempre he pensado que todo aquello que amo cabe en un metro cuadrado, ahora sin embargo pienso que cabe en un instante. Un lugar en mi memoria que se repite de manera cotidiana en forma de recuerdo, porque, del mismo modo que quienes han expirado y nos han dejado para siempre nunca morirán mientras los recordemos; nunca estaremos solos a sabiendas de ese alguien que nos quiere, que nos espera, que hace guardia en ese metro cuadrado para que nadie usurpe nuestro amor. Y sólo a través de ese recuerdo soy capaz de viajar en este espacio que nos separa para abrazarte y hacerte sentir ese calor que me consta, tanto te gusta. Y te veo sonreír y siento tu piel y tu aliento aunque me falta tu latido. Pero, saber que existes, que estás ahí, que respiras; me da la vida. Ese motivo por el que cada mañana me levanto para afrontar mi soledad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario